Los Pactos del Profeta Frente a la Inquisición Española: Una Refutación a la Revisión Realizada por José Carlos Martínez Carrasco

25 de mayo de 2017

SHAFAQNA – El último crítico en confrontar Los Pactos del Profeta Muhammad con los Cristianos del Mundo antes de la publicación de El Islam y la Gente del Libro es José Carlos Martínez Carrasco, quien publicó una revisión de la versión española, que apareció bajo el título El minarete y el campanario: los pactos del Profeta Mahoma con los cristianos del mundo. Lo hizo en Miscelánea de estudios árabes y hebraicos (Vol. 66: 348-351) del corriente año.

Más que enfocar cuestiones de contenido, como lo haría cualquier revisor de buena reputación, Martínez Carrasco acomete un ataque personal poniendo en duda mis credenciales y manifiesta que nunca ha sido más importante conocer al autor antes de conocer su trabajo. Alega que la traducción al español de Los Pactos del Profeta Muhammad con los Cristianos del Mundo “no es un estudio académico al uso, con una metodología acorde con el campo de estudios al que a priori pertenecería.”

Martínez Carrasco afirma que la revisión de mi CV demuestra que la formación académica que poseo tiene poco o nada que ver con el área de Estudios Árabes e Islámicos. Observa, con razón, que soy un profesor de lenguas extranjeras, un experto en la lengua española y estudios hispánicos y que completé una tesis doctoral sobre La Presencia Indígena en Rubén Darío y Ernesto Cardenal (2000). También afirma que mi interés en un campo que es tan diferente al de área de competencia profesional es el resultado de mi conversión al Islam a la edad de 16 años, algo que me lleva a profundizar los estudios relativos a la tradición islámica, tanto dentro como fuera del mundo académico.

Según Martínez Carrasco yo manifiesto que el Imam ‘Ali dijo a los Jariyitas: “En lo que dicen hay verdad y hay mentira.” Es cierto que terminé una licenciatura en español y francés, lengua y literatura, junto con una M.A. (Maestría) y un Ph.D. (Doctorado) en literatura hispanoamericana. Nunca oculté mis logros académicos.

El motivo por el que completé las especialidades de grado y posgrado en el Departamento de Español de la Universidad de Toronto se debió a que era el único lugar donde podía especializarme en los tres campos que más me fascinaban: estudios hispánicos, estudios nativos y estudios islámicos.

Como hispanista estudié el idioma y la lingüística española. Tomé cursos de historia española y logré una gran instrucción respecto de la influencia árabe en la lengua española. Como parte de mi formación, estudié cultura, historia y civilización española, incluidos los casi 800 años de gobierno árabe musulmán en al-Andalus. Por lo tanto, estoy perfectamente versado en la historia de la España islámica.

Obviamente, estudié literatura española y la influencia recibida de la literatura árabe e islámica. Esto se llama literatura comparada. Es lo que hacen eruditos como Luce López-Baralt. No se pueden comparar dos tradiciones literarias a menos que se sea experto en ambas. En consecuencia, no solo estoy muy bien preparado en literatura española sino que también lo estoy en literatura árabe. En consecuencia, soy hispanista y arabista.

Siendo estudiante de grado fui introducido a la literatura morisca por el distinguido Dr. Ottmar Hegyi. Fue él quien me animó a entrar en la escuela de posgrado y terminar una tesis sobre literatura aljamiada. Pasé más de una década investigando el tema en la preparación de mi tesis pero mi mentor, el profesor Hegyi, se retiró antes. Ese trabajo Shi’ismo en el Magreb y en al-Andalus, se publicará en un futuro cercano. Lo investigué y redacté mientras era estudiante de posgrado en la Universidad de Toronto.

Desde el retiro de mi mentor –una eminencia en literatura Aljamiada-morisca y la influencia del Islam en la literatura española– me quedé sin director de tesis. Entonces decidí completar una tesis sobre La presencia e influencia islámica en la América precolombina, una obra que relacionaba los estudios hispánicos e islámicos. Completé las investigaciones necesarias y escribí una parte importante del trabajo para enterarme que un sector de eruditos no lo consideró “políticamente correcto.” Sostuvieron de manera dogmática la idea de que antes de Colón nadie había entrado en contacto con las Américas. Mi trabajo, en su opinión, era revisionista histórico. Estoy seguro que padecieron ataques de ansiedad al establecerse que los escandinavos ya habían andado por estas tierras en el siglo x. Lance aux Meadows (en la isla de Terranova) debe haber sido una pesadilla para ellos. Aunque creo que algunos musulmanes y los nacionalistas negros exageran groseramente los reclamos de los contactos de africanos y árabes con las Américas, no dudo que algunos de los mismos cruzaron el Atlántico antes que Colón.

Decidí entonces seleccionar un tema aceptable para todos los miembros de la Facultad en el Departamento: La presencia indígena en Rubén Darío y Ernesto Cardenal. Este tema vinculaba dos elementos: el mundo hispano y el mundo indígena. Y aunque la conexión islámica no se presente evidente a los neófitos, cabe señalar que la obra de Ernesto Cardenal está influenciada por el sufismo y el Islam político. El hecho de que me especializase en la obra de Ernesto Cardenal explica mi redacción de Religión y revolución: el Islam espiritual y político en Ernesto Cardenal, una obra que sólo podía realizar una persona especialista en literatura hispánica e islámica.

Martínez Carrasco podría argumentar que yo carezco de preparación académica formal en el campo de la religión o estudios islámicos, pero no es así. En la Universidad de Toronto cursé filosofía, estudios religiosos y estudios islámicos. Uno de mis profesores fue el académico egipcio-armenio cristiano Dr. Solomon Alexander Nigossian, quien dictó cátedra en el Departamento de Religión de la Universidad de Toronto durante décadas y es autor de muchas obras sobre Islam. Fue él quien me enseñó la metodología empleada en el campo de los estudios islámicos y religiosos.

Martínez Carrasco tampoco menciona que completé estudios postdoctorales en árabe en varios institutos de idiomas en los Estados Unidos y Marruecos, por lo que no soy únicamente profesor de español sino también de francés y árabe. Fui quien concibió, planificó la totalidad del programa de árabe para una Universidad estatal, incluidas todas las ofertas de curso. Más aún, fui contratado por la Universidad de Virginia para enseñar estudios religiosos. Impartí un curso sobre Ibn Battutah, así como un curso sobre el Islam para su semestre en el Programa de Mar. Por último, todos mis cursos en cultura y civilización española incluyen un componente sobre la historia de al-Andalus.

Aunque Martínez Carrasco no le da importancia, también realicé el ciclo completo de estudios islámicos tradicionales de manera independiente y de la mano de eruditos musulmanes sunitas, shiitas y sufíes. Soy ampliamente reconocido como ustad [profesor de Islam], sheik [líder religioso musulmán], ‘alim [erudito religioso islámico] y hakim [fitoterapeuta o entendido en hierbas islámico]. No se trata de nominaciones asumidas con arrogancia sino otorgadas por mis pares.

El Imam Ilyas Fawzy de la Universidad al-Qarawiyyin afirmó respecto a mi persona: “su conocimiento de Islām es profunda.” Al-Sheij al-Habib ‘Ali al-Jifri dijo: “El Doctor John es extraordinariamente sólido en estudios islámicos.” Soy convocado para revisar obras de juristas musulmanes. Los responsables religiosos me consideran una autoridad religiosa. Esto debería ser suficiente como prueba de mis calificaciones. No considero necesario citar más elogios a mi persona de mis colegas y pares académicos. No obstante, Martínez Carrasco podría afirmar que las personas citadas son clérigos y no académicos. Pero todos saben que hay sacerdotes, rabinos y muftis eruditos.

Además, estoy muy lejos de ser el único que maneja los estudios hispánicos e islámicos. Hay otros eruditos en la materia: Ottmar Hegyi, Luce López-Baralt, María Rosa Menocal, J.T. Cutillas-Ferrer, María Luisa Lugo Acevedo, Francisco Marcos Marín, T.B. Irving, L.P. Harvey, Gerald Albert Wiegers, A.G. Chejne, Vincent Barletta, Karima Bouras y muchos más que se especializan en la literatura morisca-aljamiada y de la España islámica. Yo soy un aljamiadista y eso me hace hispanista, islamólogo y arabista. 

De todos modos, Martínez Carrasco repite: “no considero El minarete y el campanario… sea un estudio se ciña a criterios científicos, sino que se trata más bien de una apología religiosa cubierta de una retorica pseudo-histórica.” En otras palabras, el hecho de que yo sea musulmán me excluye automáticamente de ser un académico objetivo basado en una metodología científica. Esto es lisa y llanamente intolerancia. Es un decreto discriminatorio dictado desde un podio de prejuicios. Si ser musulmán me descalifica de escribir objetivamente sobre el Islam, ser no musulmán descalifica a Martínez Carrasco de escribir sobre Islam. Se trata de una persona que hace juicio de valores motivados en sentimientos y manifiesta hostilidad hacia el Islam.

Después de describir brevemente el contenido del libro, Martínez Carrasco afirma que “Ya desde las primeras páginas del libro, queda patente el objetivo que J. A. Morrow persigue con El minarete y el campanario…: lavar la imagen de los musulmanes en América y defenderse de quienes los tachan de extremistas”

Martínez Carrasco afirma que Los Pactos del Profeta es una respuesta a quienes acusan a Muhammad de ser un asesino sangriento que expande el Islam por medio de la espada. Por esta razón, afirma al crítico español, yo me centro exclusivamente en los Pactos con los Cristianos en tanto soy mucho más crítico de los judíos. Al parecer, eso se debería a que vivo en “un ambiente eminentemente cristiano.”

No soy un apologista. No tengo una agenda. Soy un académico. Estudio fuentes y dejo que hablen por sí mismas. Escribí y me referí a la gestación de Los Pactos del Profeta Muhammad con los Cristianos del Mundo. Martínez Carrasco debería haber realizado algunas investigaciones antes de hacer tales acusaciones engañosas. Aunque intentó a su manera verificar mis antecedentes y juzgó mi libro, no pudo darse cuenta que los pactos del Profeta con los judíos, samaritanos y zoroastrianos me interesan tanto como los pactos con los cristianos.

Martínez Carrasco se queja de que “[t]odo el libro gira en torno a la idea del Islam como religión de paz, aglutinadora y superadora de los monoteísmos anteriores.” Y en base a eso argumenta que Héctor Horacio Manzolillo y yo destacamos la necesidad de un entendimiento interreligioso frente a nuevos desafíos, como el ecogenocidio que enfrenta el planeta. En otras palabras, Manzolillo y yo somos, en realidad, islámicos dominionistas (Nota del traductor: Dominionismo es un término usado para describir la filosofía de cristianos conservadores políticamente activos que, según se cree, buscan ejercer influencia o control sobre el gobierno civil secular a través de la acción política, especialmente en los EEUU, y cuyo objetivo es el establecimiento de una nación gobernada por cristianos, o de una nación gobernada por una comprensión cristiana conservadora de la ley bíblica. El uso y la aplicación de esta terminología es controvertida y existe un debate en curso acerca de la utilidad de este término). Dice Martínez Carrasco:

A pesar de ese afán por ir más allá de las diferencias entre cristianos, judíos y musulmanes, las páginas objeto de análisis esconden un mensaje un tanto peligroso sobre el que hay que llamar la atención. Quizás convenga recordar que se trata de una obra escrita por un converso al Islam. Subyace una carga ideológica que culpa de todos los males al materialismo de la civilización occidental, que se contrapone a la espiritualidad de un mundo árabe tomado (erróneamente) como un bloque homogéneo. Esta idea convierte a Morrow, a su pesar y de manera inconsciente, en rehén de una visión colonialista que hace de los árabes un pueblo ahistórico, ajeno a los cambios experimentados en el mundo a lo largo de los siglos, que los mantiene en un estado de «inocencia».

Nunca he visto tal interpretación retorcida en mi vida. ¿Desde cuando confundo árabes con musulmanes? La distinción la hago muy claramente. Soy el último que podría idealizar a los árabes y musulmanes. Acepto absolutamente al Profeta Muhammad. Respeto a otras autoridades del Islam clásico. Y fustigo a cualquiera que no adhiera a los principios éticos primordiales.

¿Qué tipo de persona considera que los pactos del Profeta con la Gente del Libro son peligrosos? Por el contrario, sostengo que los que se les oponen son particularmente peligrosos. Y en tanto yo culpo a Occidente por sus pecados y deficiencias, también soy el primero en alabarlo. Y lo mismo se aplica para el Este, el Norte y el Sur. Digo lo que es. Alabo cuando corresponde y critico cuando me veo obligado a hacerlo. Es mi deber como estudioso y académico responsable.

Martínez Carrasco alega que la crítica de Manzolillo a la democracia, utilizada como una panacea, es una indicio del tono general de la obra. ¿Cómo es posible que haga de un comentario en el prefacio algo valedero para lo esencial de la obra? Tal comentario no tiene que ver con la médula del trabajo. Al parecer, el crítico le dio tanta importancia al mismo, que pide a los lectores que (en base a eso) saquen “sus propias conclusiones.” En otras palabras, Morrow y Manzolillo se oponen a la democracia. Los juicios del crítico apestan a kilómetros de distancia.

Si Martínez Carrasco llevó a cabo la investigación adecuada, sabría perfectamente que Manzolillo y yo apoyamos firmemente la democracia participativa y representativa y que nos oponemos a toda forma de dictadura y despotismo. El hecho de criticar a la seudo-democracia de los antiguos griegos y romanos y las democracias de hoy que están controladas por corporaciones no nos hace anarqistas o totalitarios en nuestros criterios políticos.

Los comentarios de Manzolillo ciertamente tocaron una fibra sensible que a Martínez Carrasco afectan como un hueso en la garganta. Afirma que en lo esencial el libro consiste en una comparación entre las democracias occidentales, liberales y parlamentarias con el Islam a fuer de una entidad político-religioso. Manifiesta el crítico:

Argumenta J. A. Morrow que la democracia grecorromana era esclavista y profundamente desigual, mientras que el Islam, desde sus inicios, se mostró contrario a la esclavitud y propició la igualdad de todos, creyentes o no, independientemente de la edad o el género, lo que lleva inmediatamente, según este autor, a la superioridad del Islam frente a las democracias. Quizás olvide que, a día de hoy, se sabe que en el mundo islámico pervive el tráfico de esclavos, si bien se desconoce su volumen; como también quizás olvide Morrow que puede escribir libros como este gracias a los derechos que le garantiza un sistema tan pernicioso como la democracia.

No tengo la más mínima duda que la revelación del Islam promulgada por el Profeta Muhammad es muy superior a las llamadas democracias de los griegos y romanos. De hecho, cuando a los judíos, samaritanos, cristianos de Oriente Medio, norte de África y la Península Ibérica se les da a elegir entre los gobiernos islámico y bizantino de entonces, la mayoría optó por el régimen islámico, a pesar de que había pocos o ningún gobernante de los musulmanes que aplicase los estándares establecidos por el Mensajero de Allah. Así y todo, con sus deficiencias, el sistema de gobierno aplicado en las tierras musulmanas garantizaba los derechos, las libertades y la protección que recién emergió en el mundo Occidental en el siglo XX.

Si Martínez Carrasco es sincero, debería distinguir entre las enseñanzas del Islam predicada por el Profeta y las prácticas no islámicas de pseudo-musulmanes. El Profeta Muhammad nunca poseyó esclavos. Nunca animó a sus compañeros a que posean esclavos. Dijo que los traficantes de esclavos eran lo peor de la raza humana. Promovió e incluso impuso la liberación de los esclavos. Él y sus compañeros liberaron decenas de miles de esclavos. Basándose en una investigación de las primeras fuentes, se estima que liberaron 39.000 seres humanos esclavizados.

En lugar de atacar el Islam por el hecho de que algunos bárbaros en lugares como Sudán, Chad y Malí apañan la esclavitud, podría mirarse en el espejo de Occidente, donde las mujeres y niños son esclavizados en enormes cantidades. En los Estados Unidos se venden para la esclavitud sexual más de 100.000 niñas por año. En Europa los números son parecidos. La esclavitud sexual que practica el ISIS concita una gran atención de la prensa. Sin embargo, es un pálido reflejo de lo que abarca la esclavitud sexual en las democracias occidentales. Si bien en parte del Africa negra hay esclavos, esa situación prácticamente no se ha modificado desde la época medieval. Pero la esclavitud sexual en Europa Occidental y en los Estados Unidos –autoproclamados bastiones de la democracia y de los derechos humanos– es bastante distinta, independientemente de que ambas, las de Oriente y de Occidente, son absolutamente condenables.

Martínez Carrasco afirma: “[c]on estas premisas como punto de partida, es legítimo pensar que no se trata de un estudio científico acerca de unos hechos históricos en base a evidencias textuales. Por el contrario, lo que articula Morrow es un discurso netamente religioso, que no busca establecer un conocimiento más o menos riguroso del pasado, sino una Verdad teológica, con todo lo que ello implica.”

Martínez Carrasco insiste en que en el discurso teológico de Los Pactos del Profeta Muhammad con los Cristianos del Mundo es evidente el uso incorrecto –por ignorancia– de la terminología histórica, que se interpreta continuamente de manera religiosa. El crítico afirma que mi abordaje de las fuentes islámicas casi siempre es acrítica y que cualquier hipótesis que cuestione el Canon islámico se desestima rápidamente porque sería producto de “eruditos espiritualmente inseguros.”

Aunque no tengo un título en historia, estoy formado en metodología histórica. Sé muy bien cómo manejar las fuentes. Cientos de académicos, incluidos historiadores, han elogiado y aprobado los Pactos del Profeta Muhammad con los Cristianos del Mundo. Por supuesto, estos hechos son ignorados por algunos cavernícolas españoles. Y en el caso de Carrasco, non capire que los pactos muhammadianos no forman parte del Canon islámico. Fueron ignorados. Fueron suprimidos. Fueron extirpados. Y ahora están siendo recuperados. Si el crítico se tomó la molestia de leer el libro en su totalidad, en lugar de centrarse en unas pocas palabras del traductor, sabría que no defiendo el status quo. Por el contrario, sostengo que los pactos del Profeta fueron ocultados por los supuestos dirigentes musulmanes que querían libertad de acción y no tomar verdaderamente en consideración los principios proféticos. En verdad, soy implacable en mi crítica al literalismo, al fundamentalismo y al extremismo.

Martínez Carrasco afirma que yo añoro “la «edad de oro» que representa el período profético durante el que Muhmmad ejerció el gobierno; un Muhammad presentado como un hombre de paz, anti-colonialista, pero que al mismo tiempo se muestra como gran estratega militar.”

Ni Manzolillo ni yo añoramos una “edad de oro” del Islam. No somos salafistas que sueñan con una imaginaria, legendaria y mítica utopía musulmana del siglo VII. Valoramos los aspectos positivos. Criticamos los aspectos negativos. Nos damos cuenta que nada es perfecto. Puesto que vivimos en el presente y planificamos para el futuro, no vivimos en el pasado. Sin embargo, estudiamos el pasado para obtener conocimiento, evitar errores anteriores y adoptar estrategias que resultarían exitosas. No pretendemos imitar. Tratamos de no reproducir. Buscamos derivar principios y aplicarlos.

En cuanto a Muhammad, el hombre era completo, polifacético. Era tanto un místico como hombre de pueblo. Era analfabeto y a la vez erudito. Era poderoso pero humilde. Podía transmitir conceptos tanto a estudiosos especializados como a simples pastores. Era cariñoso y compasivo pero podía ser feroz en la batalla. La guerra y la paz van de la mano. Si quieres la paz, lo mejor es que te prepares para la guerra. Se trata de la realidad. El propio Profeta Muhammad dijo: “sonrío y lucho.” Vino con la palabra y con la espada. Pero se trataba de la espada de la justicia social.

Continuando con el mismo postulado ridículo, Martínez Carrasco advierte: “El discurso queda enmascarado tras una pretendida equidistancia entre la «leyenda negra» y la «leyenda rosa.” Pero lo que realmente ofrece es una actualización de la segunda adornada con una argumentación que no se sostiene ante un análisis crítico, como la afirmación de que fue Muhammad quien elaboró el dogma de la Inmaculada Concepción.”

A menos que se esté familiarizado con la historia hispánica, la referencia a la “leyenda negra” y la “leyenda rosa” no será comprendida por la mayoría de los lectores. En el contexto hispano, la “leyenda negra” se refiere a las afirmaciones que los españoles cometieron genocidio contra los habitantes indígenas de las Américas. En el contexto musulmán, la “leyenda negra” mencionado por Martínez Carrasco sería la demonización del Islam y los musulmanes, algo común a lo largo de la historia europea, mientras que la “leyenda rosa” es la presentación del Islam –particularmente en la Península Ibérica–como una especie de “Edad de oro.”

En la mente del crítico, Los Pactos del Profeta Muhammad con los Cristianos del Mundo es simplemente una versión reenvasada de la “leyenda rosa” que no resiste el análisis valorativo. Una vez más, si el crítico realmente leyó o en verdad entendió lo leído, sabría que elogio los principios y las protecciones que aplicó el Profeta en sus pactos con los judíos y los cristianos, a las que  considero deslumbrantes, impactantes. Y estoy positivamente asombrado por los líderes musulmanes que se ciñeron a ellos. En resumen, son la prueba de fuego que utilizo al evaluar la islamicidad de los llamados gobernantes islámicos.

En cuanto a la afirmación de Martínez Carrasco respecto a que yo dije que fue Muhammad quien elaboró el dogma de la Inmaculada Concepción, dejo que mi libro hable por sí mismo: “Aunque la mayoría de los musulmanes y los cristianos no son conscientes de esto, la primera persona en formular la doctrina de la Inmaculada Concepción fue Muhammad, algo reconocido por teólogos tanto católicos como protestantes (Grassi 74). Algunos pueden afirmar que el Profeta había aprendido tales doctrinas de los cristianos orientales cuando, en realidad, fueron ellos los que las aprendieron de él” (13). Pero, como cualquier lector inteligente observa, no soy yo quien hace la afirmación sino M. Grassi (Alfio) en su Charte Turque ou Organisation religieuse, civile et militaire de l ‘empire ottoman, publicada en París en 1826. Yo digo, simplemente, que hay una fuerte evidencia que apoya esta afirmación. No obstante, el comentario en cuestión es totalmente periférico en el estudio como un todo. ¿Estúpido o artero? Citando a Carrasco, dejaré que los lectores “saquen sus propias conclusiones.”

Para concluir lo que sería su revisión islamofóbica, Martínez Carrasco escribe: “El minarete y el campanario… habría que inscribirlo en el extremo opuesto a las obras de aquéllos revisionistas que cargan las tintas sobre los aspectos negativos del Islam. Persigue un objetivo legítimo, pero lo hace a costa de falsear el pasado, lo cual no conduce a un mejor conocimiento de la realidad islámica, sino a su conversión en una suerte de «paraíso perdido», en una utopía difícilmente realizable, repitiendo el tópico de la escasa capacidad de adaptarse a los cambios por parte de los musulmanes, siempre pendientes de un pasado que los paraliza.”

Aunque prácticamente no concuerdo con nada de lo que dice Martínez Carrasco, me siento orgulloso en coincidir en que Los Pactos del Profeta Muhammad con los Cristianos del Mundo es una obra muy alejada de las revisionistas, es decir, la de académicos come papeles, musulmanes o no, decididos a destruir los fundamentos del Islam. Lejos de “falsificar el pasado”, lo ilumino intensamente, lo revivo y lo reivindico. Presento el Islam auténtico: como era, como es y como siempre debería ser. No será el “Islam” de los saudíes, los salafistas, los fundamentalistas, los extremistas, los literalistas, los absolutistas o los liberales, las feministas y los reformistas. Pero sí es el Islam del Profeta: sin condicionamientos, añadidos o peros.

En cuanto a la crasa generalización de que los musulmanes, en general, son incapaces de adaptarse al cambio y la modernidad, promueve estereotipos impropios de un erudito de categoría y renombre. Los musulmanes enfrentan muchos desafíos. Han luchado frente al colonialismo e imperialismo. Sufren la intervención extranjera en sus asuntos internos. Sufren el hedor que asfixia el espíritu, proveniente del libertinaje occidental, el materialismo, el hedonismo y el nihilismo. Y no obstante sobreviven, prosperan y están llenos de aspiraciones. Independientemente de lo “retrógrado” que puedan ser muchos musulmanes y a pesar de sus defectos morales, me enorgullece que representan el único gran grupo que niega someterse al secularismo militante, en tanto otras poblaciones se arrodillan precipitadamente con entusiasmo y ansias a los pies de Mammón.

Creo que el mayor punto débil de Martínez Carrasco es que se centra en la crítica a las intenciones del autor y del traductor. Por eso mismo se centra bastante en el prólogo. Pero aparte de mencionar los capítulos del libro y de qué trata cada uno, no hace ninguna crítica, ningún comentario, no aporta nada -ya sea a favor o en contra- a lo escrito en el libro. En vez de juzgar la obra juzga la intencion con la que se redactó la obra. O sea, a él no le importa la obra, no le importa la documentación, sino solamente desprestigiar la misma en base a las supuestas intenciones que tendría el trabajo, pero no por lo que dice el trabajo sino por lo que escribe Manzolillo y por que Morrow se convirtió al Islam a los16 años. Además, al proceder así es él quien muestra sus verdaderas intenciones.

Y ya que Carlos Martínez Carrasco comenzó su reseña del libro cuestionando mis acreditaciones, es lógico que concluya mi refutación con una revisión de sus títulos o diplomas. O falta de ellos. El señor Carrasco es “licenciado en historia por la Universidad de Granada.” O sea, no tiene una maestría ni un doctorado; no tiene un posgrado. El señor Carrasco es “investigador del Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y Chipriotas.” En otras palabras, es un investigador en esos campos pero no tiene preparación académica formal en estudios religiosos, árabes o islámicos. El señor Carrasco no es profesor adjunto. Y sin duda, no es profesor titular. Simplemente, es adjunto en el Departamento de Historia Medieval de la Universidad de Granada. En cuanto a sus logros académicos, es autor de diez artículos, dos reseñas de libros y una conferencia. También escribió una novela.

Si Carlos Martínez Carrasco quiere criticar mi trabajo, que complete una maestría y doctorado en estudios religiosos, estudios árabes y estudios islámicos. En concreto, en cualquier grado superior de un campo relacionado en las humanidades. Y como también soy sheij, además de ser académico, permitamos que el señor Carrasco también se convierta en sacerdote católico o, si prefiere, en rabino. De ese modo, si no puede criticar mi trabajo como académico, por lo menos podrá criticarlo como clérigo. Y mientras se ocupa de eso, que se supere en las filas académicas convirtiéndose en profesor adjunto, profesor asociado y luego full professor o, como se denomina en España, Profesor Titular. Debería publicar también un centenar de artículos académicos, presentar docenas de revisiones bibliográficas de sus pares y realizar conferencias. Entonces y solo entonces José Carlos Martínez Carrasco sería uno de mis pares y estaría calificado para la revisión de mis libros. Y Dios es Justo; Todo lo Oye, Todo lo Ve.

El Doctor John Andrew Morrow es una autoridad religiosa, un académico y un activista. Ha publicado numerosos libros en el campo de los Estudios Islámicos. Su obra más elogiada por la crítica es El minarete y el campanario : los pactos del Profeta Muhammad con los cristianos del mundo.

La cuenta de Twitter del Doctor John Andrew Morrow es @drjamorrow. Sus cuentas de Facebook son @johnandrewmorrow and @covenantsoftheprophet. Sus sitios de internet incluyenwww.johnandrewmorrow.com as well as www.covenantsoftheprophet.com. Sus videos pueden verse en la siguiente estación: https://www.youtube.com/channel/UCqM3-puvWuKuCEJsDQDZFrA